Responde primero a la segunda pregunta



Responde primero a la segunda pregunta es mi primera novela, que podéis comprar en Amazon, Tanto en formato ebook como en papel. Aquí os dejo un adelanto por si queréis conocer un poco más a Ingrid, en los dos primeros capítulos:

 Capítulo 1
–¿María? ¿Eres tú? Tía, me vuelvo a España –sollozó Ingrid al teléfono.
–¿Y eso? ¿Qué ha pasado? ¿Tenemos que ir a Londres a apalizar a Fran?
–Si es que soy tonta. Si es que ya me lo decíais –hipó.–Pero se acabó. Paso de movidas y me voy de esta puta ciudad de una puta vez. Llego esta noche en el avión de las doce. ¿Vendréis a esperarme?
–¿Pero me vas a contar de una vez qué ha pasado? ¿Te llamo al móvil de Fran? ¿O por fin has entrado en razón y tienes móvil propio como los adultos?
–¡Ni se te ocurra llamar a Fran! Por teléfono no. Esta noche cuando...
Los pitidos de la línea, cuando su saldo en la cabina terminó, no dejaron a Ingrid terminar la frase. «María se habrá quedado preocupada», pensó mientras se encogía de hombros y colgaba. Bueno, ya se lo explicaría en unas horas. Ahora lo fundamental era concentrarse en la maleta y en que Fran no la viera llorar. Eso si estaba en casa cuando pasara a recoger las cosas. Por supuesto que si estaba, no le iba a dar esa satisfacción.

Capítulo 2

¡Al fin en Madrid! Un aeropuerto somnoliento recibió a Ingrid que recogió su mochila destartalada y se encaminó a la salida, esperando que María se hubiera apiadado de ella. Con su pelo fucsia rozándole los hombros y afeitado por un lado, su abrigo verde de segunda mano, sus leggings agujereados y sus botas Doctor Martens podía pasar por una de esas punks que aún se ven en los alrededores de Picadilly Circus. Una punk triste. Triste y sucia por la falta de una ducha en los últimos dos días. Si su madre la viera en ese momento, seguro que le daba un síncope, además de recordarle que tenía que hacer dieta. Volvió a alegrarse mentalmente de no haberle avisado de su regreso y cruzó los dedos para que estuviera esperándola María con su melena morena y rizada y acompañada de su novio Javi, ese gigante que siempre conseguía arrancarle una sonrisa.
Por suerte, al otro lado de la puerta estaba su amiga, flanqueada por su enorme novio y por un chico rubio mucho más enclenque, al que había visto en alguna ocasión. Verles y llenársele los ojos de lágrimas fue todo uno. Ingrid se esforzó en controlar el llanto para que el chico desconocido no pensara que era una loca, aunque no lo consiguió del todo.
–¿Qué voy a hacer ahora? –preguntó en un sollozo.
–Eso lo pensamos a partir de mañana. Hoy te vienes a casa a dormir y nos cuentas qué ha pasado. Luego ya veremos cómo nos las apañamos, ¿eh? Venga, ahora al coche de Ángel que él tiene que madrugar mañana y no tiene toda la noche.
El tono enérgico de María tranquilizó en parte a Ingrid. Era reconfortante saber que había cosas que no cambiaban y constatar que los poderes de María para organizar a la gente de su entorno seguían intactos, aunque fuera a fuerza de rendirse totalmente a sus órdenes.
–No, si a mí no me importa... –empezó a decir el chico.
–¡Al coche he dicho!
Ingrid sonrió al recordar cómo su abuelo siempre comparaba a María con un general que tuvo durante la mili y se la imaginó con un bigotillo franquista y un uniforme verde. Sin embargo, se sintió agradecida de lo resolutiva que era su amiga y ese pensamiento contribuyó a calmarla durante un rato.
El trayecto se hizo corto porque no había apenas tráfico, y después de despedirse de Ángel, que prometió pasarse al día siguiente por la tarde, subieron las cinco plantas sin ascensor hasta la casa de María. El piso en el que vivía su amiga con su novio solo tenía una habitación. Pese a las limitaciones de espacio, el sofá del salón siempre estaba listo para recibir a los invitados que a menudo visitaban a la pareja. De hecho era el hogar de Ingrid en todas sus excursiones a Madrid, que no habían sido muchas en los últimos años.
–¿Te pongo la maleta encima del armario? Mira que aquí no hay mucho sitio. O mejor te pongo a ti –preguntó Javi levantándola sobre su cabeza, como quien levanta una pluma.
–Ja, ja, ja, espérate a que me ponga el pijama. ¿O me vais a hacer dormir encima del armario?
Ingrid rio por primera vez en días. Javi siempre tenía ese efecto sobre ella, con sus movimientos torpes de gigante en espacios pequeños como su piso, conseguía despertar su sentido del humor.
María sacó leche y galletas para los tres y, mientras se acomodaban en el sofá, Ingrid comenzó a explicarse:
–¡Me fui de España por él y así me lo ha pagado! ¡He vivido entre okupas, he trabajado haciendo camas, de au pair, de camarera! ¡Es un cabrón, eso es lo que es! ¡Un traidor y un cabrón! ¡Y lo peor de todo es que no me lo ha contado él, que me he enterado porque lo he deducido yo solita!
–¿Pero vas a contarme lo que ha pasado desde el principio o te vas a dedicar a despotricar sobre Fran sin ton ni son?
–Sí, perdona, es que me hierve la sangre. ¿Por dónde empiezo? La cosa comenzó hace un par de semanas. Llegué un poquito más tarde del trabajo y me encontré con que Fran no estaba en nuestra casa.
–¿En vuestra casa okupa? Lo mismo estaba en otro piso, mira que esa casa era muy grande –aportó Javi.
–Eso pensé yo, pero no aparecía por ningún lado. Llegó más tarde, sobre las dos de la mañana. Me dijo que se había quedado con una compañera de su curso de fotografía y que iban a hacer una sesión con un modelo nuevo que se había prestado a ello sin cobrar. Hasta ahí todo bien. Unos días más tarde me dijo que iban a fotografiar a los aburridos turistas del Palacio de Buckingham y otros dos días después eran las putas ardillas en Hyde Park.
–Pero eso es normal, ¿no tiene que hacer muchas prácticas para el curso de fotografía?
–Javi, ¿vas a dejar a Ingrid que nos cuente la historia de una vez? –dijo frunciendo el ceño. Javi se revolvió en su asiento e hizo el gesto de cerrar la boca con cremallera–. Buen chico, así me gusta.
–La cosa es que cada día me decía que iba a un sitio diferente y todos los días estaba fuera «mazo» tiempo, para lo que me tenía acostumbrada. Hasta ese momento siempre se quejaba porque no encontraba amigos en Londres, porque no le llegaba la pasta o porque nunca sabía qué hacer si no estaba yo. Como os imagináis, durante el trabajo yo no podía saber dónde estaba, así que me mosqueó que fuera tan preciso contándome sus planes cuando nunca lo había sido, y sobre todo porque, joder, se pasaba el día en la calle. Pero lo peor fue anteayer cuando llegó a casa, después de pasar el día en Canterbury, ¡y no puso el móvil a cargar!
–¡Bastardo! ¿Cómo es capaz? ¡No puso el móvil a cargar! ¡Qué fresco! –dijo Javi con un tono melodramático y haciendo como que se desmayaba del susto.
–¡No te rías, Javi! Fran todas las noches tenía que poner el móvil a cargar porque después de todo el día usándolo nunca tiene batería. ¡Pero aquel día sí! ¡Y se supone que había estado a una hora en tren de su cargador que estaba en casa! Le pregunté dónde había estado y me repitió, ¡el muy hijo de puta! Que en Canterbury. Ahí fue cuando me la jugué: «No te creo, te ha visto Damon a media tarde con una chica paseando muy acaramelado».
–¿Y qué dijo él? –María se había abrazado a un cojín.
–¿Que qué dijo él? ¡Pues qué va a decir el muy cabrón! Se echó a llorar y me admitió que llevaba un mes, ¡un puto mes! con una compañera del curso de fotografía. Que pensaba haberla dejado ese mismo día pero que lo iba a hacer sin falta al día siguiente.
–¿Pero qué me estás contando? Espero que no le creyeras.
–¡Pues claro que no! Le monté un número de aúpa, y me dijo que, para demostrarme que lo nuestro era amor del bueno, iba a decirle a la furcia esa que me elegía a mí. Y se fue.
–¿Y tú qué hiciste? –dijo Javi con una cara muy seria.
–¿Pues qué voy a hacer? Las maletas y acercarme a casa de mi jefe, el del pub, a sacar por Internet el billete para volverme a España. Pasé allí la noche de ayer.
–¿Tu jefe el tío bueno? ¿Ese que puso el nombre de un famoso psicópata a su bar –interrumpió María con una media sonrisa.
–Sí, mi jefe el tío bueno. Me vio tan triste que hasta me ofreció sexo por compasión. O como decía él pity sex –dijo imitando el tono grave y el acento británico de su jefe.
–¿No me digas que le aceptaste el sexo por compasión? ¡Esa es mi chica! –Se alegró María, que había oído cientos de historias sobre la legendaria vida sexual del jefe de su amiga, un pelirrojo con mucho magnetismo con sus clientas.
–No, no. Dormí en el sofá como las niñas buenas y esta mañana ha sido cuando te he llamado, desde una cabina. He aprovechado el día para hacer la maleta y vagar por las calles, ¿sabes lo cara que es la consigna en las estaciones de Londres? Por supuesto que Fran no se ha dignado ni a aparecer por casa, el muy hijo de la grandísima puta –dijo.
Justo después se percató de que, por su comentario, a lo mejor María se había dado cuenta de que había estado vigilando la puerta de la casa. En efecto, se había dedicado a rondar el edificio, con cara de enfado, con el deseo de ver a Fran aparecer y a la vez esperando a que no lo hiciera, y demostrara así que es un cobarde.
Tampoco le apetecía contarle a su amiga que el jefe, para el que solo trabajaba los sábados, sí que intentó propasarse con ella aprovechando su situación desesperada. Ella le rechazó de manera educada y, por suerte, él dejó de molestarla.
Los tres se quedaron en silencio por un momento, sin saber qué decir. Como siempre, María fue la primera en tomar la palabra.
–¿Y qué tienes pensado hacer ahora?
–No lo sé. No quiero volver a Toledo ni de coña. No quiero contárselo a mis padres, sobre todo mientras no tenga un trabajo. O un plan de fuga. O un Kalashnikov para matar al puto Fran.
–Bueno, mañana por la mañana Javi te ayudará con tu currículo, es un experto. Mientras, ¡a dormir todos! Verás cómo se arregla pronto. Eso sí, hay que llamar a tu madre para que no acose a Fran por teléfono, y decirle que estás en Madrid. Nunca entendí el asunto ese de que no tuvieras móvil y hubiera que pasar por tu novio para todo.
–Si es que el sueldo no nos daba para dos móviles y como a él se lo pagaban sus padres... –respondió Ingrid.
La verdad es que en los últimos años había tenido muchas discusiones, sobre todo con su madre, acerca de por qué no tenía su propio número en vez de compartirlo con Fran. Pero como él decía que compartirlo todo les unía más como pareja, nunca se planteó que era bueno tener un número diferente al de su ex. Era la primera vez que pensaba en Fran como su ex y notó cómo algo se rompía en su interior. Lo único que le salvó esta vez de no explotar en llanto fue la rápida intervención de su amiga, en el tono autoritario al que cada vez estaba más acostumbrada:
–¡A dormir, hippie! Mañana mismo te pillas una tarjeta, recuperas tu número de siempre si puedes y dejas de estar incomunicada. Y ya veremos qué hacemos con tu pelo rosa.
–¡Mi pelo ni tocarlo! ¿Verdad Javi que me queda muy bien?

–Yo me voy a dormir que María está empezando a darme miedo –dijo el gigante mientras se protegía con los brazos de los mini puñetazos que le estaba propinando su novia.

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