Cuando corrí la Spartan Race (con divertidas consecuencias)

Bellesa y guarresa

¿Para qué quieres un blog si no es para contar las tonterías que haces en la vida? Sí, ya sé que me diréis que para ganar dinero, para tener engagement o cualquiera de los argumentos que os suelo dar por aquí. Pero este blog es para contar tontadas, así que vamos a ello: el mes pasado corrí la Spartan Race de Madrid en su versión de 5 km.

¡Flashback! ¿Os acordáis de cuando hace tres años me caí, me jorobé el pie y no iba a poder correr nunca más? Bueno, pues cuando leáis "corrí" quiero que en vuestra mente cambiéis por "Patch iba a trote cochinero mirando para no pisar movidas raras".

¡Hace un mes! En abril las chicas de Lucía Be hicieron un sorteo en Instagram en el que el premio era correr la Spartan con ellas. Yo le dije a Silvia si le apetecía y como está igual de loca que yo es una mujer que ama la aventura se me unió sin dudar.

No os penséis que nos apuntamos a tontas y a locas. No. Patchboy lleva un año y pico entrenándose y ya la ha corrido cuatro veces, así que por sus relatos de agonía ya intuía a qué me enfrentaba.

(Spoiler: no tenía ni la más remota idea).

Total, que como fuimos las terceras finalistas o alguien se riló, nos escribieron una semana antes para preguntarnos si nos apuntábamos y allá que fuimos con la presteza y alegría que nos caracteriza (y con ropa de Lycra que se seca antes que la de algodón, y con botas para que el pie zombi no se me resintiera y con bien de protector solar porque no queríamos acabar asadas como gambas).

No os voy a mentir, yo iba cagada porque la traumatóloga me ha advertido que mi tobillo tiene un solo golpe: un paso mal dado y vuelta a empezar con todo el proceso de médicos-radiografías-rehabilitación. Bueno, y por lo que me pasa con el hombro pero que llevaba tres años sin pasarme.

El caso es que las Chicas Be nos dieron una camiseta y nos pusimos en marcha todo el equipo, que lo formábamos gente de Lucía y luego las cuatro ganadoras del sorteo.

Yo soy la bajita. Y Silvia la que no se le ve la cara.

Una vez salimos (las últimas porque nos entretuvimos hablando de #cosas), empezó el DOLOR. Había que subir paredes más altas que yo.

No me veis arriba porque no subí.
(Es broma, esta sí la subí porque había red para subir y para bajar)
Diréis que cuál fue mi secreto para no saltar los muros. Os diré mi secreto: como soy pequeñita y ninja, me mezclaba con la multitud y primero me venían de un lado, parpadeaban y ya estaba al otro lado resoplando como si hubiera saltado. Lo sé, es un don perfeccionado a lo largo de todas las clases de gimnasia de EGB y BUP.

Luego pasamos a caminar por el río. No en plan "a la orilla del río recogiendo flores" sino en su interior entre los cantos rodados. Primero me daba miedo torcerme el tobillo porque no se veía el fondo. El miedo dejó paso a la congelación al ir entrando el agua en el zapato. La torcedura era lo de menos entre tanto huy huy huy.

El frescor del agua de la sierra madrileña en mis muslos.
La primera vez que se me salió el hombro fue de hecho al intentar salir del río, un chico muy majo me ayudó a salir tirando de mi mano (era majo de verdad, ¡gracias!). Lo malo es que la articulación no lo superó y se quedó con el brazo en su mano.

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Luego hicimos un par de pruebas de llevar pesos (en forma de bota de vino o de pelota de piedra superpesada) de un lado a otro. Por suerte, la maternidad me ha preparado perfectamente para superar este tipo de pruebas y no hice trampas nada más que cuando me pidieron que tenía que saltar con los pies juntos por una movida mientras llevaba la bota de vino en brazos porque el astrágalo no iba a poder con tanto meneo.

A continuación fui dejando trocitos de pulmón e hígado por los matorrales cuando subía una cuesta con inclinación del 80%. Por suerte, alguien vino a ayudarme mediante un tirón, que volvió a acabar en brazo fuera. Sí, sé lo que estáis pensando: que soy lerder por ofrecer siempre el brazo malo pero es que cuando estoy luchando contra la muerte para no caer despeñada tampoco pienso con mucha claridad.

La última vez que se me salió el brazo fue nadando en una poza de tres metros de profundidad. Concretamente en esta poza. Eché a nadar con la pizpiretez que me caracteriza y en una brazada se me salió el hombro de nuevo.

Patch con el brazo fuera: ¡Socorro! ¡Socorro!
Espartano vigilante: ¿Qué te pasa espartana pizpireta? ¿Cómo podemos ayudarte?
PCEBF: ¡Me ahogo!
Espartano vigilante pero no muy sagaz: Venga, que ya casi llegas.
PCEBF: Gluglugluglu.

Por suerte me ayudaron entre dos espartanos que había cerca y, aunque me ofrecieron abandonar, hice un poder por acabarla, sobre todo porque mi brazo había llegado antes que yo a la orilla y eso no se lo podía permitir porque se le iba a subir a la cabeza. Otra GRAN suerte era ir con un equipazo de gente guay que se hacía la loca cuando me saltaba las pruebas y me ayudaba a superar las pruebas de usar los brazos (porque a partir de la segunda luxación tampoco es que yo estuviera para muchas alegrías braciles). Y por supuesto de ir con Silvia que es la que sabe cuánto pesa cada niño para saber las equivalencias y se quedó atrás dándome conversación cuando ya no podía ni con las pestañas.

¡No solo acabé, sino que me dieron una medalla por haberlo conseguido!

Silvia y yo en cuyos chándals no nos cabía ni un gramo más de barro.
Sé que no volveré a hacer otra carrera de estas porque creo que mi cuerpo no va a poder soportarlo pero, ¿y lo bien que lo pasamos? ¿Y lo que nos reímos con las Chicas Be?

Así fue mi llegada a meta, por si os da curiosidad:

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Más cuqui no se puede ser, no me digáis que no.

Las fotos son de mi compañero de piso y del equipo de Lucía Be.

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