Qué bien nos lo pasamos cuando vamos de excursión

Como sé que ahora venís muchos de vacaciones, comienzo con mis patchiaventuras de mi viaje relámapago. Ponéos en situación: el avión aterriza a las 10 y hasta las 5 a.m. no sale nuestro tren. Nos hallamos en una ciudad nueva, llena de aventuras y emoción. Pero claro, en Europa, si vas más tarde de las 10 de la noche a cualquier bar, pues como que no te dan de cenar. Después de vagar por la ciudad, encontramos un establecimiento, que resultó estar regentado por chinos (no viejunos) que nos dieron de cenar a esas horas obscenamente intempestivas.

A continuación, nos dispusimos a ver la ciudad, aunque como ya era tarde, no teníamos mapa ni manera de conseguirlo (la única manera de conseguir un mapa era arrancarlo de una parada de bus, pero no me sentía muy macarra). Echamos a andar y nos topamos con una calle llena de, ejem, mujeres de vida alegre y descuidada. Seguimos andando, cuando Cuke percibe que una de esas "mujeres de vida alegre y descuidada" tiene lo que viene siendo un mango. Me lo hace saber. Hemos ido a parar a la zona de prostitución travesti que toda ciudad cosmopolita.

Finalmente, damos la vuelta y decidimos usar el famoso truco de "la calle grande lleva a sitios grandes", así que nos ponemos a caminar por la calle más grande que vemos y que por supuesto está flanqueada por mujercillas alegres (aunque esta vez carentes de "mangos"). Tras mucho dar vueltas por fin nos encontramos con esto:

duomo
Veis la catedral? Pues imaginadla de noche y con
esta fachada llena de andamios. Eso es lo que vimos

Al cabo del rato de babear ante la catedral (pa una vez que vemos algo gonito de verdad), nos decidimos a volver a la estación, con dos problemas serios; en primer lugar es la noche cerrada y por la calle no hay ni Perry. En segundo lugar seguimos sin mapa (ya que la operación de destrucción del mobiliario urbano para munirnos de mapas no había culminado). Empieza la operación Lute: camina o revienta, consistente en caminar como posesos hacia donde nosotros pensábamos que estaba la estación. Total, que después de vagar por toda la ciudad durante una hora y pico y de preguntar a algunos lugareños (y de que un viejuno me ofreciera dinero a cambio de sexo, pese a mi carencia de "mango") llegamos a la estación, donde nos dicen que no podemos entrar hasta un cuarto de hora antes de que salga nuestro tren, con lo que teníamos que estar cerca de dos horas en la puerta.

Mientras esperábamos se nos acercó un marroquín (de los de Marroncos, que no os enterais) y nos ofrece, en primer lugar costo y a continuación arroz a la milanesa que traía un amigo suyo también marroquín (y que estaba calentito, porque lo traía en una nevera de camping, de esas azules grandes).

nevera
(¿Alguien sabe por qué siempre son azules?)


Más tarde, el mismo marroquín primero o marroquín 1), más pedo que el Alfredo se puso a pegarse con sus amigos (?) justo a nuestro lado. Ese fue el momento del miedo infinito que nos hizo acercarnos a la puerta, donde protegidos por otros viajeros esperamos el tiempo que nos quedaba para que llegara nuestro tren.

La estación por dentro era también muy bonita, aunque tenía un servicio de limpieza basado en coches-fregadores-derrapantes-maltratasuelos que nos amenizó la espera mientras venía el tren. Seguid atentos a vuestras pantallas, porque otro día os cuento más (y recuerdo que tengo pendientes las fotos con Lucho).

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