Los carretes, los colodiones y la madre que trajo a las cámaras digitales

En el último viaje hice algo que muchos de vosotros no habéis hecho en mucho tiempo: me llevé una cámara. De las de carrete (murmullos. El público piensa si me fui a la Gran Dolina a por él). Pasa una cosa curiosa, que aunque me he pasado toda mi vida haciendo fotos con una de esas cámaras, de repente no sabía cómo usarla. La alejaba de mi cara y disparaba. Y mientras, Cuke partido el culo, diciéndome que si veía dentro de la cámara oscura la imagen que se quedaba en el carrete.

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No, él tampoco sabe dónde ponerse la cámara para hacerse una foto


Otra vez me tocó estar atenta a si salía con los ojos abiertos o cerrados, calcular lo que en la facultad llamaban "error de paralaje", esto es, que nunca sale en la foto lo que tú ves por la ventanita, por la sencilla razón de que la ventanita está más arriba que el objetivo. También la pereza de repetir fotos, por lo caro que sale el revelado (cada vez más), lo que no nos impidió hacer unos diez carretes en unos pocos días.

Y aún nos queda lo más divertido, que es ver las fotos (en papel, uoooo) en la tienda, como si fuera el día de Reyes, esperando para descubrir qué es lo que va a quedar del viaje. De todas maneras, no pude dejar la costumbre de hacer la foto extendiendo el brazo, como para ver la pantalla y mirando el dorso del aparato una vez hecha. Yo creo que me estoy haciendo mayor. O algo.

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