Sapore di mare, sapore di sale

Llego a casa y ¿qué me encuentro? Un trozo de pizza fría. Me repito a mí misma que he cenado, que yo soy más fuerte que una pizza y que no van a acabar conmigo unas cuantas grasas. Me encamino a la cama, pero oigo a la pizza llorar su soledad en la distancia. Me llama, intento resistirme un poco más. En vano. Acabo levantándome para ir a por la pizza que quedaba de la cena.

Yo no sé si a alguien más le llaman los alimentos desde los platos y le atraen irremediablemente hasta que son consumidos, incluso fríos. Aunque bien pensado, una pizza fría tiene más sabor que una caliente, que te la comes rápido para no quemarte y para que no se te enfríe, mientras que una fría te permite paladearla, quitarle los ingredientes que no te gustan con la mano sin abrasarte.

Además, tiene la ventaja de que el queso no te chorrea desde tu boca hasta la porción, y además está incluso más cujiente que recién hecha (según las semanas que lleve preparada). Por otra parte, en frío la puedes transportar y comer en cualquier parte (¿os he contado de la vez que fui al cine a ver Matrix 2 y me metí con una pizza mediana? Aunque estaba en Italia y no contaba). Y su consumo puede ser inmediato, no tienes que esperar a que se caliente.

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