Aquellos maravillosos concursos de la tele

Yo no veo mucha tele, pero he de reconocer que hay algo que me engancha absurdamente. Y no es sólo el Tomate (ideal para las siestas, ahora que el Tour se ha acabado). Y eso son los concursos. Los concursos son ese género absurdo en el que antaño había que demostrar que eras el más listo, el más guapo o el que mejor se sabía las páginas amarillas. Es decir, había que tener un poco de inteligencia, ser vivaz, estar espabilao, vamos.


Pues este pollo se apellida Bonolis y es el que presenta el Allá Tú en el país de la mozzarella

Pues amigos, ahora todo eso ha cambiado. Ya no es el mejor el que en Saber y Ganar sabe el nombre de pila de Marilyn Manson (Brian Hugh Warner, y no era Paul en Aquellos maravillosos años, que nos conocemos). No, amigüitos y patchifans de todos los rincones del planeta. La verdad, la cruda verdad es que ahora los concursos los ganarían hasta gentes como Belén Esteban. Los concursos de ahora son, como en Allá tú, una sucesión de charlas destinadas a prolongar (?) la emoción, con lo que al final el que gana el concurso no es el más listo, sino el que más se la juega. Y encima, la banca siempre gana porque en todo momento sabe qué es lo que hay dentro de la caja.

Cuentan los que han ido a concursos que el asunto está amañado, que hay enternas pausas entre toma y toma, y que en programas como El rival más débil paran el reloj hasta que a los guionistas se les ocurre alguna frase ingeniosa. Vamos, que así hasta yo podría ser presentadora de televisión.

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