La importancia de llamarse Romeo

El otro día me decía una amiga que ella cuando le hablan de mí y no me llaman Patch, como que no se ubica (sí, pertenezco a esa clase de gente que usa su nick en la vida real (verdad, Viru??) y hasta mis padres me llaman Patch). Y claro, se lo comenté a mi madre y aparte de contarme la historia de siempre, que si no sabían cómo llamarme, que me iban a llamar de una manera pero las circunstancias políticas del día que nací lo desaconsejaban, que patatín y patatán, total, que estuve los diez primeros días de mi vida sin nombre (qué horror! casi como si fuera un apéndice de mi madre, porque no nos engañemos, no necesitamos ponerle nombre a nuestros apéndices): yo era "el bebé" simplemente.

Claro que es importante tener nombre, pero es que yo hay algunos que me superan. Por ejemplo, en Italia hubo un día en el que, estando en un pub, nos entraron unos paracas (sí, es internacional lo de que te entren miembros del ejército en las discotecas) y el primero que se nos presentó, se sienta con nosotras y nos dice (me permito haceros directamente la traducción al castellano):

Paraca: Hola, bellísimas españolas. Me llamo Romeo.

romeo
Esquema explicativo de la imagen mental de Patch


El cachondeo por mi parte (al menos mental) fue inmediato. ¿Pero cómo puedes llamar a tu hijo Romeo? Es como condenarle a que le hablen siempre desde una altura diferente, desde un balcón, por ejemplo, y a que tenga amores trágicos. Y lo peor de todo es la rima con tantos verbos como cabreo, cabeceo, meneo y por supuesto, meo. En fin, mala idea. Pero es que su amigo paraca se llamaba Eros. Yo le pregunté si como Ramazzoti y me dijo que no, que como el dios mitológico.

Patch: Eso es como si fueras chica y te llamaras Afrodita.
Paraca-Eros: ¿Ves a aquella chica de ahí? Es griega. Se llama Afrodita.

Y es que hay que ir con mucho cuidado de lo que dices... Por eso vivo en tensión permanente.

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