La ropa de invierno

Pues iba a dejar sólo puesto lo del teatro, pero es que hoy me han pasado quinientas cosas y no me aguanto sin escribir (además que esta semana no voy a poder escribir mucho, por algo que os contaré mañana).

Hoy he sacado la ropa de invierno. Con la ropa de invierno pasa una cosa, que llena los armarios. Probablemente yo tenga la misma cantidad de ropa de invierno que de verano (supongo que a vosotros también os pasa), o incluso un poco más de ropa de verano, contando las miles de camisetas y tal. Pues bien, seguro que cuando os ponéis a hacer el cambio, os daréis cuenta de que los armarios están más llenos que en verano. Pues no, es una construcción mental para que penséis que tenéis más ropa, pero no os dejéis escapar: es una treta de los armarios para conquistar el mundo.

Luego está ese detalle de la ropa que aparentemente guardaste limpia en mayo (o en junio, según los casos) aparece con unas manchas extrañas, como círculos amarillos (para que luego digan que las caras de Belmez dan miedo: que se acerquen a mis armarios...). Y luego arrugado, hecho un churro (claro, es lo que tiene guardar el máximo de prendas en el mínimo de espacio). Aunque yo no sé qué tendrán que ver los churros en todo este tema, porque la verdad es que son unos artículos la mar de apañaos, con sus rayas todas en fila y todo eso.

Y luego el olor. La ropa que sacas siempre huele raro. La guardas oliendo a tí (bueno, al suavizante, pero a fin de cuentas huele a tí) y la sacas oliendo a raro, a cerrado, a todo el verano esperando. Seguro que en verano, hasta los jerseis sudan con toda esa ropa de invierno encima...

Pues eso, que odio profundamente sacar la ropa de invierno. No mola para nada. Además es un rollazo pensar lo que ha cambiado tu cuerpo desde el curso pasado. Y no digo más.

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