La gran mentira de las entrevistas de trabajo

En estos días estoy haciendo varias entrevistas de trabajo. Y se da la circunstancia que me siento como en carnavales, porque tengo que ir disfrazada siempre. Me levanto por la mañana, me maquillo, me pongo la ropa de las BBC (bodas, bautizos, comuniones) y, hala, a corretear en busca de un trabajo chulo, con un puesto digno y un horario lo menos puteante posible.

Y digo yo ¿de qué sirve ir disfrazada a las entrevistas? Si la mitad de las veces (por lo menos en las de periodismo) te las hace un chaval que va casi en chándal, y tú con tus tacones, tu faldita, tu rimel y tu canesú... Además, si es que la segunda semana se van a dar cuenta de que no soy así (si no es el segundo día, porque la ropa elegante se me acaba en seguida, y con eso de que hay que lavarla...

(Si me permitís el momento Bridget, yo tengo un pelo de menina que se me pone como Mafalda cada vez que se me seca o me lo seco con el secador, así que me tengo que hacer moños cuan señorita Rottenmeyer para que parezca que sé lo que es un peline. Porca miseria!)

Y luego está toda la cera que hay que dar al entrevistador; que si hablas dieciocho idiomas (si algún entrevistador lee esto, que sepa que además de español, hablo bastante bien inglés e italiano), que si admiras mucho su empresa, que si todas las optativas de la carrera las has enfocado para un puesto similar...

En fin, que esto de las entrevistas va a acabar con mi personalidad, de tanto cambiarla.

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