El regalo tópico

Pues yo quería hablaros de algo superinteresante, o sea, pero es que se me ha secado el celebro y la única neurona viva que me queda me está susurrando al oído que os hable de peliches. Tiene la misma cara que Jack Nicholson en El Resplandor. Voy a hacerle caso.

Ejem, el tema que (libremente y sin coacción) he elegido hoy es, tachán tachán... ¡Los peluches! Lo que me ha llevado a hablaros de este tema tan ameno es el hecho de que de vez en cuando, en la vida de todo ser humano (gremlin, etc), llega el momento de hacer un regalo a una chica. E, independientemente de si el regalador (a partir de ahora redor) es chico o chica, ese regalo pasa por ser un peluche en algún momento de la precompra.



Y para qué sirve un peluche? Pues en principio es muy mono, suavecito y tal. Pero no os engañéis. Con el tiempo se convierte en un imán de roña un poco serio, que ese osito que era rosa acaba siendo grantate o el perrito amarillo ese tan mono acaba sepultado en una bola de pelusas (grises por supuesto) de tal manera que cuando hay un poco de electricidad estática en la habitación, el susodicho perro-pelusa acaba atraído fatalmente (cuan meteorito en Armageddon) hacia el foco generador de la electricidad. Es un arma mortal.

Cuando el peluche ha salido de la crisálida-pelusa (o sea, lo ha echado vuestra madre a lavar, apiadándose de él). Y es cuando se rompe alguna costura. El peluche empieza a perder masa cerebral a una velocidad que prácticamente hay que hacerle una autopsia mejor que un recosido. Te pasas un par de semanas recogiendo de tu cuarto el producto interior bruto del susodicho muñeco que en su día te regalaron para que te acordaras de ellos. Vaya que si te acuerdas.

Pues eso. Niños, no os droguéis, digooo no regaléis peluches. Díselo con chocolate.

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