Un artículo no mío

Este artículo venía hoy en La Razón. Yo me he visto, me consta que esta chica tiene trece años más que yo, pero ha cuadrado el retrato (bueno, yo soy menos apocalíptica, porque aún tengo cerca la niñez). Y como me ha molado, pues os lo dejo aquí. Esta noche os escribo algo de mi propia cosecha. 

Ochenta
Espido Freire

Éramos niños hace veinte años, y la infancia no era ya lo que alguna vez había sido; no jugamos con cajas de cartón hilvanadas como vagones, ni con un palo como caballo, ni con muñecas cosidas por nuestras madres. Durante los veranos nos compraban helados, elegíamos los de color azul porque se llamaban helados de pitufo y nos teñían la lengua, y nos daban calderilla para gastar en la máquina de marcianitos del bar.   Hicimos promesas que llevaríamos a cabo cuando creciéramos, casi todas para romper las normas absurdas y rígidas de los padres (la digestión, la leche al acabar la comida, los deberes hechos antes de jugar, la televisión con cuentagotas), porque éramos ya conscientes del poder que teníamos, y del que con los años obtendríamos. Teníamos pocos hermanos, había más a repartir entre menos, y aun así nunca nos llegaba.   
 
Éramos aún crueles con algunos animales, y torturábamos a las lagartijas, a los gatos, y desmantelábamos hormigueros; pero no los matábamos, nos negábamos a diseccionar ranas en el colegio, no presenciamos matanza del cerdo ni gallinas degolladas. Nos dolía que se quemara el bosque, la contaminación de los ríos y los mares, y aunque nos daban asco las verduras, cerrábamos los ojos ante la certeza de comer animales.   Se daba por hecho que la mayor parte de los colegios eran mixtos, pero los chicos nos continuaban pareciendo unos brutos, y las niñas unas cursis. Defenderlos bastaba para que nos atribuyeran romances, y subirse con faldas a un árbol era de marimachos, y no saber jugar al fútbol de mariquitas. Nos perseguía una insaciable curiosidad respecto al sexo, del que no nos contaban nada, y que ya no era malo, ni pecado, ni perverso; pero aún se miraba con recelo a las madres solteras, a los parientes divorciados y al primo, al tío, al que le gustaban los hombres.   Nos gustaba la ropa comprada en tiendas y no heredada de los hermanos, los zapatos Gorila, los complementos de la Barbie, la colonia Chispas (tan infantil, la Nenuco), y conocíamos por nombre y marca los juguetes que pedíamos a los Reyes. Los padres no comprendían la diferencia entre un juguete auténtico y una imitación, ni nuestra vergüenza cuando se confundían.  
 
 En el cine ofrecían «Supermán», los «Cazafantasmas», «E.T.», «Karate Kid» y «Los Goonies». En la televisión, «El equipo A», «El coche fantástico», «Falcon Crest», «Ulises 31» y «La bola de cristal». Leíamos la colección de «Elige tu propia aventura», y «Fray Perico y su borrico». De política sólo sabíamos que de vez en cuando nos tiraban caramelos del CDS y globos de AP.   Pero queríamos crecer y cambiar todo, que los niños tuvieran más juguetes, menos deberes, más caramelos, más libertad, más dibujos animados: se nos han adelantado. Los niños tienen ahora todo lo que soñamos nosotros darles, y el resultado no ha sido demasiado bueno. No somos nosotros, no son nuestros hijos. Y nosotros seguimos sin saber muy bien quiénes somos, ni qué tenemos que cambiar.

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