Mi leyenda urbana favorita



Huoooola! Hoy tenía pensado un tema, que son las leyendas urbanas, pero como Larita ya me lo ha pillado, me centraré en una muy concreta.

Y es la famosa leyenda del caramelo envenenado. Porque ¿a quién de vosotros no os ha dicho un adulto en algún momento de vustras vidas que no podéis comer caramelos que os ofrezca un extraño por si están envenenados?

Yo de pequeña (uuuh, sí he sido pequeña, como todos) me lo creía. De verdad. Yo veía al desconocido (por supuesto con antifaz, como los hijos de Ma en Patoaventuras) que se metía en su casa mirando a todas partes por si le pillaban. En la cocina tenía un alambique por el que destilaba el veneno. Un veneno verde (¿por qué imagino los venenos como los chupitos que nos regalan los viernes a las chicas en todos los bares?) con el que llenaba los caramelos usando una jeringuilla (he aquí otro de mis traumas infantiles: las jeringuillas). Y luego los envolvía en papel de caramelos Drácula (nuestros faviritos, y el que me lo niegue miente de fijo) para dárselos a los niños incautos.

Y digo yo, ¿quién carajo tiene tiempo para:
a) comprar caramelos para niños desconocidos
b)envenenarlos?
(Bueno, sí, Las brujas del libro de Roald Dahl, altamente recomendado para los amantes de ese tipo de literatura -me lo leo una vez al año, al menos, je!).

Claro, pero eso ya me lo he pensado cuando he sido mayor, así que me he pasado toda mi infancia (y parte de mi adolescencia) huyendo de cualquiera que osara ofrecerme un caramelo y no lo hubiera comprado delante de mí. En fin, para qué contaros más...

N.B. La foto ha sido tomada durante otra leyenda urbana, en un viaje sorpresa que hice el año pasado a una ciudad que no era Madrid con Borja y Torpin...

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