¿Pero qué se han creído?

Sin palabras. Impotencia es algo de lo que siento, pero también rabia y dolor. Me siento herida como otros madrileños en lo más íntimo, porque si ni siquiera se puede ir seguro a trabajar, ¿qué vamos a esperar?

Retomo a Bob Dylan: ¿Cuántas muertes hacen falta para darse cuenta de que ha muerto demasiada gente? ¿Cuándo se van a dar cuenta de que ese no es el camino? ¿A qué quieren que juguemos? ¿Qué esperan que hagamos? ¿Que nos quedemos parados, de brazos cruzados, que les demos su independencia? ¿Pero cuántos de los vascos quieren la independencia a este precio? Hasta esta mañana su independencia valía 800 vidas. Ahora 1000. No vale la pena aniquilar a tanta gente. No les vamos a dar la razón. Ésa no es la manera.

Y me pregunto: los que pusieron las bombas se pararon a mirar si había catalanes en el tren? Porque los catalanes tenían tregua. Pues no, porque a los ojos de una bomba todos somos iguales, las bombas no se paran a mirar nuestro RH ni qué lengua hablamos en la intimidad. Las bombas esta mañana no han atacado a los que pueden decidir la independencia vasca. Han atacado a los obreros que iban a trabajar para ganarse el pan, a los que iban a clase (no a los universitarios, que teníamos huelga, pero habría podido ser)... ¿Y por qué no? A tí, a mí, a tu amigo, a tu hermano, a tu padre, al padre de tu amigo... y así ETA ha conseguido lo contrario de lo que pretendía: unir a todos los españoles. Hoy todos tenemos a alguien que llorar.

Espero que no os haya tocado a vosotros. Pero sobre todo espero que no tenga que volver a escribir cosas como esta. Nunca más.

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